Vivimos en un mundo cada vez más interconectado, y con la inteligencia artificial de por medio, los convenios como el que acaba de firmarse entre Hacienda y la Auditoría Superior de la Federación nos llevarán por caminos que nuestra comprensión todavía no alcanza a imaginar. No lo digo con dramatismo, sino con la cautela de quien ha visto cómo cambia la fiscalización cada vez que dos bases de datos aprenden a conversar.
El 22 de septiembre, la Secretaría de Hacienda, a través de la Unidad de Inteligencia Financiera, anunció en su Comunicado No. 74 un convenio de colaboración con la ASF. El texto es sobrio y habla de “fortalecer el intercambio de información”. Pero si uno lo lee con calma, ese intercambio tiene un alcance mayor de lo que parece.
Piensa en la información que están autorizados a compartir: financiera, patrimonial, fiscal, presupuestaria, contable, administrativa y societaria. Cada palabra de esa lista es una pieza de un rompecabezas. Por separado, cada una cuenta una parte de la historia. Juntas, retratan cuánto se tiene, de dónde llegó, cómo se gasta y a través de qué estructuras se mueve.
Y aquí viene lo interesante: el convenio no se limita a que las instituciones se manden oficios. Contempla desarrollar mecanismos conjuntos de análisis mediante herramientas tecnológicas y explotación de bases de datos. Dicho en cristiano, cruces masivos de información, modelos de riesgo, tipologías, patrones. La meta declarada es identificar estructuras, redes y conductas vinculadas con el uso irregular de recursos públicos, la corrupción y las operaciones con recursos de procedencia ilícita.
El flujo, además, va en ambos sentidos. La ASF podrá entregar a la UIF lo que descubre en sus auditorías. La UIF podrá devolver productos de inteligencia elaborados a partir de los reportes y avisos que recibe. Y para que nada quede al azar, habrá un Grupo de Trabajo que coordinará, evaluará y dará seguimiento técnico, con capacidad para emitir indicadores, alertas, guías y tipologías.
Olvídate de los papeles. Los papeles son de otra época, cuando la autoridad tenía que pedirte que los llevaras a la oficina y tú podías tomarte tu tiempo para encontrarlos.
Hoy las pistas son otras, y las regalamos gratis. Cada pago digital, cada transferencia, cada compra a meses sin intereses, cada foto de las vacaciones “en familia” con el auto nuevo al fondo, todo deja huella. La nube no olvida, y lo mejor es que la llenamos nosotros solitos, con entusiasmo y con filtro incluido.
Y no me sorprendería que, en algún momento, la lista de fuentes incluya hasta las redes sociales. Total, si ya publicaste el viaje a Europa, la cena de mil pesos por cabeza y la fiesta de cumpleaños con DJ, alguien tendrá curiosidad de saber cómo cuadra eso con lo que declaraste. Ojo: es una posibilidad, no un anuncio oficial. Pero con lo que ya nos tiene acostumbrados la tecnología, yo no la descartaría.
Cada dato suelto es una arista, y las aristas, tarde o temprano, alguien las conecta. Ahí entra Coatlicue, la mamá del robot del SAT, una supercomputadora pública con capacidad para digerir cantidades de información que hace unos años nos habrían parecido ciencia ficción. Lo que antes tardaba semanas en cruzarse ahora puede tardar segundos, y sin pedirte café ni tomarse un descanso.
¿La recomendación? Antes de subir esa historia, hacer ese pago o firmar ese contrato sin pensarlo, recuerda que el rastro digital que dejas hoy puede ser el expediente de mañana. Revisa qué huellas dejas, coherencia entre lo que declaras y lo que muestras, y que tu vida en línea cuente la misma historia que tu contabilidad.
Porque, como diría cualquier madre, (la del robot del SAT se llama Coatlícue) ya sea diosa mexica o supercomputadora: todo se sabe.